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domingo, 18 de febrero de 2018

El club de la destrucción

La República
La mitadmasuno
16 de febrero 2018
Juan De la Puente
Desde hace semanas, ningún actor institucional o individual acumula políticamente en este período de búsqueda de alternativas, una señal de alerta respecto a las fallas en las estrategias de partidos y movimientos de cara a los otros actores, y esencialmente frente la sociedad. Los grandes anuncios y esfuerzos con escasos resultados son el reflejo de una interpretación equivocada o por lo menos incompleta de la actual etapa del país.
Por lo pronto, la derecha e izquierda no son premiadas por la opinión pública, probablemente porque han reducido sus estrategias en la disputa por la presidencia de la República, perdiendo de vista aspectos cruciales de la agenda más allá del cambio en ese cargo público. El juego vacancia, renuncia y permanencia no suministra certezas desde ningún sector a la sociedad, y en cambio fortalece la incertidumbre. Las opciones centristas también han caído, una anormalidad contra el manual, que reza que la tensión entre los extremos permite la oportunidad a una tercera alternativa.
Las múltiples debilidades en esta crisis están pasando factura, y se ven reflejadas en las últimas encuestas, especialmente en la más reciente de Ipsos Perú. El rasgo central en lo que concierne a los líderes e instituciones son las altas cuotas de desaprobación. Por esa razón, la idea de una dinámica política perfecta gobierno vs oposición, donde lo que pierde uno lo gana el otro, se ha convertido en extremadamente relativa.
Quizás sea el momento de preguntarse si el actual esquema de confrontación reportará beneficios a los actores. Incertidumbre más debilidad no son necesariamente inherentes a toda crisis. En nuestro caso, están atadas a un juego estrictamente parlamentario y elitista que impide la participación, el dialogo social, la consulta y el debate ciudadano. La imagen de un ring donde se golpean varios jugadores por mucho tiempo ante un público que solo silba o aplaude, se desgasta irremediablemente.
Una explicación de esta afanosa infertilidad de los liderazgos es que hay más crisis “arriba” que “abajo”, y la enorme imposibilidad de las élites de contagiar al país su ansiedad por superar este momento o por lo menos impactar con nuevas grandes ideas respecto al futuro cercano. La enorme brecha aprobación/desaprobación de lideres e instituciones impide a la opinión pública diferenciar las estrategias inmovilistas de las de cambio, y es probable que para los ciudadanos la elite peruana sea un club de la destrucción, internamente indiferenciada.
Así, la situación actual tiende a empantanarse en tanto que todos los progresos siempre serán pequeños. Por ejemplo, el sentido común en favor de la salida de PPK de la presidencia es mayoritario, pero no abrumador. Frente al 54% de quienes creen que debe apartarse del poder se tiene más de un 40% que cree que debe mantenerse. Si 4 cada 10 peruanos afirman que el presidente debe quedare en el poder, es evidente un cuadro extraño que puede resumirse así: es un problema que PPK se quede, pero también es un problema que se vaya. El primer beneficiado de esta inercia es el mismo PPK.
Hasta nuevo aviso –una nueva denuncia, los 87 votos de una vacancia no express y una demanda activa de la calle – el Congreso se debilitará como el vértice de los esfuerzos que resuelvan este empate de fuerzas agotadas con estrategias incompletas. En tanto, no emerge ningún espacio que vía el Gobierno o la oposición activen una respuesta política y social tanto a la crisis como a la agenda pública abandonada. Las elecciones municipales y regionales que podrían ser el elemento dinamizador se anuncian en un formato de harta publicidad y escasa movilización.

A pesar se ello, las tendencias en pugna entre la salida de PPK del poder y la inercia que lo mantiene en la presidencia, puede ser dinamizada desde los movimientos sociales, a través de un gran diálogo social, nacional y regional, sobre los elementos de este período. Sin la presencia efectiva de los ciudadanos, esta etapa de gran inestabilidad se perderá como una gran oportunidad de construir una agenda para el futuro.

Cinco canciones de desamor

La República
La mitadmasuno
9 de febrero de 2018
Juan De la Puente
Sea cual fuese el desenlace de este periodo de gran desequilibrio, los peruanos debemos aprender a convivir con la crisis. Esta es profunda, será larga, y quizás se asemeje al largo período en que coexistimos con la inflación. En este punto se aprecia una brecha entre la entendible angustia de la elite peruana y los medios por una solución inmediata y definitiva del actual estado de cosas, y cierta abulia de la sociedad cuya agenda en más amplia y cotidiana.
Es preciso tener en cuenta algunos elementos de este proceso.
1.- La incertidumbre. Desde hace cinco años, cuando se desató la guerra política entre la reelección conyugal y los llamados “narcoindultos” nos hemos acostumbrado a vivir en la inestabilidad. Ahora debemos acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre, que es mayor que a inicios del Gobierno y cuyos componentes más frecuentes son las nuevas revelaciones, los giros de los actores y las decisiones judiciales en los casos de corrupción. La incertidumbre es el principal factor de esta crisis a lo que habría que unir nuestra gigantesca capacidad de resiliencia política, la tolerancia de un pueblo que ha tenido tantas caídas y tragedias más dolorosas en las últimas décadas.
2.- Múltiples debilidades. Comúnmente se alude a la crisis del Gobierno y a la debilidad de PPK. Siendo ello cierto, esta es también una crisis de la oposición y visto el curso ciudadano, una crisis de la sociedad movilizada, escasamente movilizada. Este hecho impide que los actores ejecuten sus estrategias por completo y fragmenta las opciones, presenta un cuadro de superposición de iniciativas inviables o que quedan a medio camino. Por ejemplo, ha sido derrotada la primera vacancia y no se ha concretado la segunda y, del mismo modo, tanto el nuevo gabinete no ha terminado de legitimarse como que se ha desgastado la movilización de la calle.
3.- Etapa desconocida de las relaciones políticas. No estamos en una situación límite, pero muy cerca de ella desde hace casi 60 días. La crisis evoluciona con notable lentitud, desenvolviéndose en varios tiempos en un ritmo que pareciese en cámara lenta. En ese contexto, el vanguardismo de la calle –el primer actor en pedir adelanto de elecciones en un porcentaje significativo- ha cedido al de los medios y partidos. Estos últimos desempeñan un activismo inédito, al punto que hacen públicas sus negociaciones para la sustitución del presidente de la República.
4.- Mientras no se dibuje un consenso político en favor de una salida cierta, que deberá ser política, los movimientos en favor de la crisis son inmensamente mayores que aquellos que pretenden conjurarla. Casi todos los acercamientos, apuestas y posicionamientos no tienen como propósito la gobernabilidad o por lo menos la estabilidad, sino la formación de coaliciones para la batalla. El país es un gran espacio de conspiración y, al mismo tiempo, de confrontación, del que quizás se excluya –quizás- a las fuerzas armadas y a los bomberos. El efecto de este cuadro es el extravío de la agenda pública o su extremo encogimiento. Por ejemplo, en medio de este escenario de maquinación cotidiana se está pasando de largo el importante debate sobre la concentración de determinados mercados.

5.- El juego de la vacancia o renuncia del presidente ha copado la discusión del actual estado de cosas, una apuesta ineludible pero cortoplacista que extrae una variedad ilimitada de argumentos que no trascienden al mediano plazo. La pregunta sobre el día siguiente de un hipotético cambio en el nivel más alto del gobierno del país no ha sido planteada, así como las condiciones de la gobernabilidad en caso se concrete ese supuesto. Este hecho no está relacionado obviamente con una falta de imaginación de los líderes políticos sino con la ausencia de un compromiso más coherente con el futuro del país. En este compás de estrategias exclusivamente partidarias, se advierte la falta de un proyecto de país a pesar de la crisis o para salir precisamente de ella. Por eso se conspira más de lo que se debate y se grita más de lo que se acuerda.

Los Fujimori, segunda temporada

La apreciación simplista de la crisis del fujimorismo reduce lo que ahí sucede a una lucha sucesoria de tres actores, obviando el movimiento y los intereses que representa cada tendencia. En respuesta, es necesario trascender del patrón banal para enlazar la lucha dinástica con la disputa en curso por la tradición conservadora popular.
La salida del sector liderado por Kenji de Fuerza Popular es la liberación de fuerzas reprimidas durante varios años y el inicio de la construcción de proyectos al mismo tiempo diferenciados y parecidos. Más allá de la novela, es un reacomodo orgánico acompañado de reajustes en el discurso.
Nunca se había experimentado en el Perú una lucha dinástica con esa intensidad. La magnitud de este hecho no puede ser estimada, pero tiene dos probables desenlaces; 1) que la batalla entre hermanos sea un mal negocio para el fujimorismo, de modo que el efecto más importante consista en la reducción de su espacio social y electoral; y 2) que, repitiendo una lógica peronista, la disputa agrande el movimiento y permita el desarrollo de tendencias con desigual destino.
Por ahora, un fujimorismo único ya no es posible y es la prueba del error de las predicciones que proclamaban que la libertad de Alberto era el inicio de un brillante plan para la recuperación del poder que su huida a Chile y la extradición interrumpieron hace 10 años.
Las cosas se presentan de otro modo; Alberto no ha logrado que su libertad sea un shock recreador del fujimorismo. Al contrario, según las recientes encuestas de Ipsos y GfK, las grandes cifras le son desfavorables, a lo que se agregan otras desventuras de gran calado: no ha podido unir su legado, ni ponerse por encima de la disputa entre sus herederos.
Luego de la salida del grupo “kenjista/albertista” de Fuerza Popular, la tendencia es a la formación de un fujimorismo tradicional, orgánico respecto del pasado (el golpe de 1992 y la década de gobierno) liderado por Kenji con el beneplácito de Alberto; y otro fujimorismo, el partidario, liderado por Keiko, menos identificado con Alberto, tolerado por este y con elementos de posfujimorismo. Como en toda ruptura, sin embargo, habrá más vasos comunicantes abajo que arriba.
La República
La mitadmasuno
2 de febrero 2018
Juan De la Puente
El fortalecimiento de una de las opciones está relacionado actualmente con las apuestas discursivas que emergen claramente. El bloque orgánico-tradicional realiza paradójicamente un giro narrativo apostando al diálogo y a la gobernabilidad, una forzada salida por el centro, una recreación del fujimorismo inicial de 1990 (el prefujimorismo), o si se quiere, una suerte de Acuerdo de Paz que no mire el pasado. Este ensayo entrará en crisis cuando se afirme que los 10 renunciantes son el apéndice del oficialismo.
En tanto, el bloque partidario persiste en el relato de “Keiko es Fujimori pero no es Alberto”, sigue apostando por la oposición, y mantiene su alianza con los sectores conservadores con el que se alió desde la segunda vuelta electoral del 2016. Aunque las cosas no están mejor: Fuerza Popular ha perdido la batalla por la vacancia y la mayoría absoluta del Congreso y está por ahora obligada a defender a PPK, discretamente, de las nuevas mociones de vacancia.
Es temprano para señalar quién ganará la disputa, aunque es obvio que Fuerza Popular tiene más instrumentos para fortalecerse (partido inscrito, bancada, aparato, discurso opositor), a pesar de lo cual, en relación a Kenji queda por dilucidar el alcance de la épica “el hijo que libera al padre”. Otro pendiente es la relación entre el partido y las masas; si nos atenemos a las encuestas recientes, Kenji/Alberto han ganado la batalla social, pero parece que han perdido la batalla por la representación formal del fujimorismo, lo que implica un reto a cada facción, para que busquen adhesiones en otros lados.

Finalmente, esta disputa pone en crisis al antifujimorismo que no estaba preparado para enfrentar a dos fujimorismos. Ya en el pasado cercano, desde la censura a Saavedra, el antifujimorismo dejó libre su retaguardia al poner todos los huevos en una sola canasta, una estrategia que el cóctel vacancia/indulto ha dinamitado.